Aprendamos de los fariseos


Aunque el término fariseo tiene una connotación muy negativa en nuestros días, ellos practicaban muchas costumbres con constancia. Pero lo que a Jesús le disgustaba fue la falta de congruencia entre su fe y sus actos. Eran muy detallistas para las cosas relativas a la fe, pero superficiales en los demás aspectos de su vida.

En la Biblia encontramos que Jesús les habló sin rodeos, para llamar su atención y la de las multitudes, pues Jesús no se dejaba llevar por las apariencias, sino que conocía el corazón. Ante el pueblo judío, los fariseos eran una representación de piedad, santidad, y justicia. Eran honrados y respetados debido a su posición religiosa.

A pesar de que Jesús les dijo que eran hipócritas en algunas ocasiones, encontramos que  los fariseos tenían algunas virtudes. Por ejemplo:

  • Eran instruidos en la Palabra pues conocían muy bien las leyes dadas por Moisés, y lo dicho por los profetas.

También tenían algunas creencias que siguen siendo parte del cristianismo de hoy, y las defendían frente a otros. Entre ellas:

  • La inmortalidad del alma, la recompensa y el castigo eterno, el libre albedrío, la resurrección, entre otros.
  • Practicaban la oración perseverantemente, diezmaban fielmente, eran hombres de ayuno, se esforzaban por conseguir seguidores y daban ayuda a los necesitados.

Aparentemente, sus acciones y creencias son propias de alguien que ama y sigue a Dios, pero les faltaba una cosa y era la motivación correcta.

Los fariseos son el vivo ejemplo de que podemos servir dentro o fuera de la iglesia, orar, ayunar, estudiar la Palabra, y  aún hacerlo por los motivos equivocados. Para los fariseos era beneficioso practicar el bien si a cambio recibían reconocimiento y ganaban popularidad. Hacían muchas prácticas “buenas”,  pero no por amor a los demás sino por amor a sí mismos. No los culpo, el ser humano siempre ha buscado aceptación y aprobación ante los demás. Solo el amor de Dios (1 Jn 4:16) nos capacita para servir. “Si alguno desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos”.

Lo contrario de amarse a sí mismo, es negarse a sí mismo…

Nadie espontáneamente está dispuesto a ceder su turno a todos y quedarse al final, tampoco nos gustaría hacer un trabajo sin recibir el crédito, menos estamos dispuestos a sacrificarnos por el otro sin esperar al menos un gracias, esto porque es imposible hacer algo para Dios sin morir aunque sea un poco a uno mismo. “Si alguien quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame.”

Los fariseos que no estuvieron dispuestos a negarse a sí mismos fueron  descalificados del llamado a pesar de sus “buenas obras”. Pero hubo un fariseo que rompió la regla, y dijo: “Me niego a sí mismo”, a fin de poder terminar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesús…”

El negarse a sí mismo, es un acto voluntario, sincero y generoso en el cual damos al mundo una prueba visible de nuestro amor por Él.

 

ESCRITO POR: Salomé Añazco

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