Otra vez pequé


Otra vez pequé. Yo me sorprendo, pero Dios no lo hace. Me cuesta entender, pero su Palabra dice que Él conoce todas las cosas, incluso antes de que estén en nuestra boca. Mi pecado es una de ellas. Él conoce mis debilidades y la fuerza que posee mi carne para dirigir mis pies hacia el mal. Él conoce que yo fui formada en pecado y que la naturaleza de mi esencia humana es apartarme de Él. Él conoce que soy incapaz de cambiar por mis propias fuerzas y que muchas veces mi autosuficiencia me hace creer en que yo soy la que tiene el control. Entonces caigo, peco, y me sorprendo.

El verdadero problema no es la clase de pecado que hayamos cometido, sino es la raíz que sutilmente se esconde detrás de nuestra caída: el orgullo. Jhon Piper lo describe de la siguiente manera, “Cuando nos consagramos a resistir el poder idolátrico de cada anhelo, cada deseo, cada placer que no es de Dios, entonces Dios es exaltado como el tesoro supremo de nuestra vida.” El orgullo es un ídolo, sea este personificado en nuestra propia persona, en nuestros logros o en nuestras amistades. Pero, al momento que vemos la belleza de Cristo,  nuestro enfoque se centra  en conocerle y agradarle, ya no en los deseos fugaces que nuestro corazón desea experimentar.  Santiago 1: 14-15 dice que cada uno fuimos tentados desde nuestro propio corazón, del cual proceden todos los males y conflictos existentes (Santiago 4:1). Dios no se sorprende por tu pecado, pero él lo odia.

Entonces, ¿Cómo llegamos a negarnos a nosotros mismo y ver en Jesús la satisfacción y suficiencia de todos nuestros anhelos? Primero tenemos que ver nuestra condición, la verdadera realidad de la depravación en nuestro corazón. La Biblia afirma que no hay ningún justo (Romanos 3:10) y que nuestro pecado es abominación delante de Dios, separándonos de Él (Isaías 59:1)  y llevándonos a la muerte (Santiago 1:15) Que somos como ovejas descarriadas (Isaías 53:6), solo rescatadas por un único acto: el sacrificio de Jesús en la cruz. Allí, cuando comprendemos la gravedad de nuestro pecado y lo que provocó, vemos la belleza de Cristo y la misericordia de Dios.

La única forma de que ese pecado salga de tu corazón y seas libre es por medio de Jesús, Él te salva, Él te ama. No confíes en tus propias fuerzas, o en tus obras, no mires tus logros o tus cualidades, pues te traerán amargura a tu corazón. Alza los ojos a Dios, pues de él vendrá tu socorro. El odia tu pecado, pero está dispuesto a perdonarte.

 

ESCRITO POR: Gaby Puente

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Gabriela Puente

Me encantan el cine, la comida y los libros. Estudio comunicación y prefiero el frío antes que el calor y los perros antes que los gatos. La música es algo importante en mi vida mientras no sea reggaeton o bachata.

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