¿Qué nos mueve a ayudar al prójimo?


Al escuchar los problemas de una persona querida tendemos a encontrar la manera para solucionarlos o buscar el origen del conflicto para encontrar una salida. Pero muchas veces esa persona sólo quiere ser escuchada o recibir un abrazo.

Esto no nos pasa sólo a nosotros, es un mal desde el inicio de la humanidad. Por ejemplo, cuando Job pasó por la prueba de perderlo todo, sus amigos le visitaron y le dijeron que se arrepienta de su pecado para que pueda reponerse. Sin embargo, Dios había dicho que Job era un hombre íntegro. No había pecado.

Hace poco me encontré con Nehemías en el Antiguo Testamento. Él fue un hombre que trabajaba para el Rey Artajerjes y vivía lejos del pueblo de Israel. Un día se enteró que sus coterráneos cayeron “en gran calamidad” y eran humillados (Nehemías 1:3). Su reacción fue llorar. Sí ¡llorar! (Nehemías 1:4). Al parecer esta reacción es de débiles, pero este hombre entendía que para ayudar al prójimo, primero debemos sentir su dolor, si no lo sientes no podrás ayudarlo.

Lo siguiente que hizo fue duelo por algunos días, ayunar y orar a Dios. Nehemías tenía una relación tan estrecha con el Señor que sabía que le daría una respuesta y así fue, le dijo que reconstruya los muros de Israel y le dió una serie de pautas para hacerlo.

Este hombre de la Biblia nos enseña que Dios es la respuesta, que Él está a nuestro auxilio y que utiliza a personas de nuestro alrededor para ayudarnos. También que no podemos mover ni un dedo si no nos duele el dolor ajeno. Cuando esto en verdad nos toca, lo hacemos con el corazón y dejamos todas las cargas en las manos del Señor. Empezamos a abrazar más y a llorar juntos para dejar de juzgar y criticar cuando no conocemos la condición del prójimo.

 

ESCRITO POR: Linda Espín

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